Los radicales son europeos

Los radicales son europeos

Los radicales son europeos

POLÍTICAS DE BABEL
JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ

DEBATIMOS sobre si cuando hablamos de Euroescepticismo nos referimos a una actitud, a algo puntual motivado por la desilusión y la desconfianza, o si debemos aludir directamente a un posicionamiento político, es decir, aquél que avalan desde sus partidos quienes defienden una lucha anti-europeísta más o menos radical. Tras la conferencia que estuve encantado de impartir el martes en el Colegio Mayor Arosa ante una audiencia que trascendía los límites europeos, desde México a China (como suele ser habitual en esta prestigiosa residencia universitaria), quisimos concluir que quizá ambas opciones sean correctas dado que, incluso en el caso de aquellos partidos nacionales que abogan por mantener una actitud beligerante hacia Europa, al tiempo que defensora a ultranza de las identidades nacionales, alejada de cualquier cambio en el statu quo soberano, combativa con todo lo que suene a extranjero o provenga de fuera (seres humanos incluidos) y recelosa de cualquier transformación que resulte estructural, su posicionamiento y el éxito del mismo a través de los votos se aprovecha o surge al amparo de una crisis que es coyuntural (y por tanto caduca); una situación de manifiesta insolidaridad entre países que hace percibir el gran proyecto europeo como ineficaz e inoperativo a nivel local.

Aun así, las posturas políticas radicales (xenófobas y ultra-nacionalistas la mayoría) que surgen a ambos lados del espectro político (desde la extrema derecha a la extrema izquierda), notablemente en países como Francia (y el Frente Nacional de Marine Le Pen), Reino Unido (y el Partido por la Independencia UKIP), Grecia (con Aurora Dorada entre otros), Austria (Partido Liberal), Noruega (Partido del Progreso), Países Bajos (Partido holandés por la Libertad), Dinamarca (Partido del Pueblo), Suecia (Demócratas Suecos), Finlandia (Auténticos Finlandeses), Alemania (Alternativa para Alemania), o Italia (Movimiento Cinco Estrellas), entre muchas otras de variada factura y menor representatividad (pero igual de populistas) en Bélgica, Hungría o Eslovaquia, no podemos confundirlas con ese 57% de europeos que cuando son encuestados no ocultan sus críticas, su desconfianza y su frustración frente a una Unión Europea que perciben demasiado lejana. La UE es un proyecto ciertamente mejorable y manifiestamente inacabado, lo cual demanda un mayor compromiso por parte de todos (también en las urnas) que debe basare en la búsqueda del bien común, la equidad entre iguales, y un sentido de la responsabilidad que nos lleve a entender que ya no es posible optimizar una parte olvidando el todo en el que se integra. Y con «el todo» me refiero a los ciudadanos europeos; de forma que quizá algún día, viajando, cuando un «americano» nos pregunte de dónde somos, podamos responder orgullosos: «europeos».